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Thursday, July 13, 2006

Adios Syd

A los 60 años
Ahora sí cristaliza un mito: murió Syd Barrett, el alma de Pink Floyd


Claudio Vergara

El guitarrista y miembro fundador de la banda inglesa falleció hace unos días, debido a una diabetes. Pasó la mayor parte de su vida escondido de la luz pública.




Claudio Vergara

Fue un fantasma en vida, el único héroe rock que pudo apreciar cómo crecía su leyenda. Incluso, cuando se esfumó de la vida pública, en 1970, los relatos crecieron: se decía que se encerró en una pieza y que su novia le arrojaba la comida por debajo de la puerta y que una vez, cuando sus ex compañeros de Pink Floyd fueron a su hogar, él mandó a su psiquiatra a espantarlos.

Son historias que desde ayer cortaron boleto definitivo hacia el mito: según declaraciones emitidas por Alan, su hermano mayor, Syd Barrett, el líder, guitarrista y alma de los primeros años de Pink Floyd, falleció hace "unos pocos días", a los 60 años y a causa de la diabetes que lo aquejaba. Diversas webs de fans estiman que murió el viernes 7.

La confirmación también vino de parte de sus ex camaradas Roger Waters, David Gilmour, Rick Wright y Nick Mason: "El grupo está muy triste tras la muerte de Syd. Él fue el ejemplo a seguir y deja un legado que sigue inspirando", dijeron en un comunicado.

El agradecimiento es justo. Como fundador de Pink Floyd, junto a Roger Waters en la Cambridge High School en 1965, Barret creó al primer grupo de la historia del rock que no ocupó recursos de la música negra para expresarse. Un producto único. En los Floyd no existían ni la sexualidad que Elvis o The Rolling Stones habían tomado del rock and roll, ni el discurso con filo social que Bob Dylan o The Beatles heredaron del blues. Lo de ellos eran extensas travesías sónicas que no respetaban el formato single de la época.

Su creación fue conocida por el mundo como psicodelia, y se asentaba en los versos fantásticos de Syd, un adicto a la ciencia ficción y a Lewis Carroll. Su pluma ideó casi todo el debut de su banda, "The piper at the gates of dawn" (1967), donde explota el delirio de un tema como "Astronomy domine", centrado en la batalla entre Júpiter, Saturno y Neptuno por el poder del universo.

Además, y a diferencia de las bandas inglesas de la época, los Pink Floyd nunca aparecieron como hijos de la clase obrera: su padre, Max, era un respetado médico. Precisamente la muerte de su progenitor, cuando tenía 12 años, es sindicada como el inicio de una esquizofrenia que se agudizó por el consumo de LSD. "Con él ya no podíamos tocar nada. Se nos fue de las manos", comentaba Waters años más tarde, al recordar una gira de 1968, cuando Barrett apenas movía los labios para cantar.

Ese mismo año, sus compañeros decidieron no pasarlo a buscar para una gira y pusieron en su puesto a David Gilmour. Después, vivió con su madre y hermana, engordó, se rapó, estuvo en un psiquiátrico y se dedicó a la pintura. Durante años se le vio en shorts, en bicicleta o caminando por su Cambridge natal, como cualquier hijo de vecino.

EL RECUERDO: LAS PALABRAS DE SEGUIDORES Y COLEGAS

David Bowie

"No puedo decir lo triste que me siento. Syd fue una gran inspiración y su impacto en mis ideas fue enorme. Sólo me arrepiento de no haberlo podido conocer personalmente. Realmente era un diamante bello y loco".

Tim Willis, su biógrafo

"Siempre se sintió más a gusto estando solo. Creo que tenía demasiados problemas en compartir su existencia con otras personas, se incomodaba. En cierto sentido, su quiebre mental lo hizo vivir sólo la mitad de su vida".

Graham Coxon, ex Blur

"La música sigue ahí. Él dejó la puerta abierta a toda su creación. Cuando estuvo aquí, sobre la tierra, con nosotros y en silencio, influyó a muchos. Soy uno de ellos, como tantos hijos artísticos, y eso se agradece profundamente".

Felipe Espinoza, de www.pinkfloyd.cl

"En Chile hay un culto tremendo a los Floyd. Tenemos 2.300 inscritos y esperamos pronto realizarle el homenaje que corresponde. Somos una comunidad que admira su obra y que lo tiene muy presente".

La maldita relación entre la banda y su genio fundador

Barrett ha estado presente en casi toda la obra posterior de los Floyd. Hasta hoy.




Quizás fue una forma de lavar sus culpas. Lo cierto es que, tras la partida de Syd Barrett en 1968, sus ex compañeros de Pink Floyd nunca se desligaron de su imagen.

Sus dos únicos discos solistas (ver fichas) fueron producidos por David Gilmour y contaron con la participación de Roger Waters. Curiosamente, Gilmour fue el compañero a quien Barrett más se aferró en su ostracismo: "Era una deuda cumplir con él", ha reconocido el actual líder de la banda británica.

El disco "Dark side of the moon" (1973) incluye el tema "Brain damage", una clara alusión a su retirado líder. Además, en el principio del disco se filtran unas delirantes carcajadas que habrían sido grabadas a fines de los 60 y que serían de Syd.

Pero fue su álbum sucesor, "Wish you were here" (1975), el que contiene mayores saludos a Barrett. De hecho, el título es una añoranza a su persona. La carátula también: dos hombres se despiden, con uno de ellos esfumándose en llamas. Los mismos músicos reconocieron que durante esas sesiones, un irreconocible Barrett, obeso, cojo, con las cejas depiladas y calvo, visitó los estudios. Nadie se dio cuenta hasta que él les dijo. Wright, el tecladista, explotó en llantos. La imagen inspiró la escena del filme "The wall" (1981), donde Pink, el protagonista, se depila el cuerpo en señal de rebeldía.

Incluso quienes vieron a Waters en su paso por Chile, en marzo de 2002 en el Estadio Nacional, tuvieron un trozo de Barrett: mientras cantaba "Shine on you crazy diamond", otra dedicatoria, la pantalla trasera emitía gigantes imágenes del desaparecido músico.



Agregado 31/05/2007:
El lado oscuro de la luna


Tengo dolores en músculos que no sabía que existían. Por lo visto hay una parte del cuerpo destinada al paroxismo. Durante dos horas y media activé los tendones que los mexicanos tenemos reservados para cuando ganemos el Mundial.

El entusiasmo que me llevó al calambre fue el concierto de Roger Waters en Ciudad de México. El ex integrante de Pink Floyd tocó el rock progresivo que definió los usos y costumbres de una generación. Hace treinta años, mi primer trabajo consistió en escribir los guiones del programa de radio El lado oscuro de la luna. El título, tomado de Pink Floyd, sugería un contacto con el reverso de las cosas. En las precarias frecuencias de 1977 la música que transmitíamos era una rareza.

Para la generación i-Pod, resulta difícil comprender lo que significaba conseguir discos en aquel mundo a medio camino entre los fenicios y la globalización. Las disqueras mexicanas rara vez fabricaban acetatos no comerciales y cuando lo hacían, el agujero no siempre estaba en el centro del disco.

En ese Lejano Oeste de la cultura, nada era tan útil como tener un amigo con una tía en Houston. Nuestro programa no hubiera prosperado sin el inolvidable Champiñón. Cada vez que alguien de su familia cruzaba la frontera para ver a la tía, regresaba con un pedido para nosotros. Recuerdo el desconcierto de su madre cuando nos trajo las obras de un conjunto cuyo nombre era no sólo difícil de justificar sino de comprender: Flying Burrito Brothers.

El Champiñón nos ayudó como un apóstol del libre mercado y esto tendió un velo sobre sus defectos. El más vistoso era su forma de bailar: creía tener un ritmazo y articulaciones adicionales para ponerlo en práctica. Verlo en una fiesta era como ver a alguien afectado por el gas mostaza. Una amiga me dijo con angustia: "Eres su amigo, dile que no baile así". Inmune al ritmo y al ridículo, el Champiñón agitaba la masa de pelo que justificaba su apodo. Su reputación hubiera sido estupenda en caso de conservar el estado de reposo. ¿Pero quién agradece que le digan que su coreografía astral es vista como un ataque de epilepsia? No quise ser el mensajero de las malas nuevas por dos razones: el respeto a los movimientos de cada quien y que me siguiera consiguiendo discos.

Mi solidaridad fue peligrosa. Una maestra del bachillerato interesada en la pedagogía hippy, me prestó su casa para una fiesta y tuvo la generosidad de irse a la playa "por si nos alargábamos". Llevé el disco que me acompañaba a todas partes: Dark Side of the Moon. La canción "Eclipse" sonó como un diagnóstico cerebral del Champiñón: bailó sobre una colección de diablos de cerámica, reduciendo las artesanías a un infierno de guijarros. Quedé pésimo con la opinión pública de mi tiempo, encaprichada en que fuera yo, el amigo del alma, quien le revelara al Champiñón que no es necesario vivir de esa manera.

Treinta años después veía a Pink Floyd. ¿Qué sucede con las canciones que llevamos en la mente? Sucede el tiempo. Recuerdos confesables e inconfesables se mezclaron en la extraña energía de la multitud.

El aeropuerto está muy cerca del Foro Sol, de modo que los aviones aterrizaban a intrigante proximidad. Alguno de ellos se habrá desconcertado con el enorme cerdo inflable que Roger Waters soltó hacia el final del concierto y que acaso aterrizó en una comunidad huérfana de símbolos que le rendirá culto sagrado.

Antes de que acabara el concierto, apareció la luna, lejana como el álgebra, según quiso Borges, con la cara visible que determinó el nombre de México (tal vez Waters ignoraba que comparecía "en el ombligo de la luna").

La historia de Pink Floyd ha tenido muchos modos de ser convulsa. Los críticos consideraban que el talento del grupo dependía de Syd Barret, quien se hundió en una nube de ácido lisérgico después del segundo disco y se refugió en un sótano de Cambridge. Curiosamente esto potenció la creatividad de los sobrevivientes. Pero el éxito no llevó a la armonía. Barret se convirtió en una forma de la nostalgia (alguien a quien podían decirle "ojalá estuvieras aquí") mientras David Gilmore se convertía para Roger Waters en una sombra demasiado próxima. La relación entre ellos es infame. La gran paradoja de Pink Floyd es que las pésimas vibraciones entre sus integrantes provocaron la armonía de sus seguidores, que se reúnen bajo esa atmósfera sonora con un fervor ceremonial.

Encontré gente que provenía de distintas zonas del túnel del tiempo, asombrado de que el reconocimiento aún fuera posible. Entre esas figuras, vi una en trance de alto voltaje, que desafiaba la opinión de que la música de Pink Floyd se baila con la mente. El Champiñón, claro está. Se acercó a saludarme. Sonrió al recordar que no le pagué un disco de Incredible String Band que su primo me trajo de Houston. Saqué la cartera como cristiano en penitencia y me atajó: "¿Cómo crees que te voy a cobrar? Hubo otros discos que no te cobré: si los oía en tu programa era como si los tuviera". Decidí que tampoco ahora había llegado el momento de hablar de su ritmo.

Me dediqué a observarlo, sorprendido de que aún pudiera moverse de ese modo. Los años aplazan sus lecciones: su elasticidad sin objeto aparente ahora me pareció envidiable.

Amanecí como si el Champiñón hubiera bailado en mi espalda. Por primera vez sentí en carne propia el lado oscuro de la luna: los músculos celebratorios existen; si no los usas a tiempo, duelen mucho.

Pink FLoyd